Dedico cada uno de mis escritos al amor, este sentimiento que es sínico, atrevido, arriesgado, loco e impaciente; aquella batería que carga al corazón de energía permanente, el único capaz de dar o quitar la vida cuando se le encuentra en verdad. Francamente me pregunto ¿cómo sería el mundo sin amor? Tal vez no existiría la ciencia, ni la educación, ni los parques, los peluches, los helados, el cine, la literatura; tal vez si el amor no estuviera presente, no existirían los medios que acortan las distancias, porque en realidad ¿para qué? ¿Para hablar con quien? ¿Que está en donde?
Sin el amor, la diferencia entre la humanidad y la vida salvaje, no distarían en similitudes, serian una sola, porque es el amor al conocimiento el que nos ínsita a investigar, y el amor por la investigación nos invita a estudiar.
Gracias al amor podemos contar que hoy día tenemos un motivo, un motivo para vivir, uno para estudiar, para inventar, para escribir, para creer en Dios. A través de mis escritos, no solamente doy tributo al amor; también nombro algunos de sus más despiadados enemigos, aquellas fuerzas que luchan contra el amor y terminan estrellándonos con la realidad.
Enemigos cómplices como la noche y la luna, quienes sigilosamente cubren nuestros cuerpos con derroche; pero solo están ahí para condenar nuestros actos. El reloj, que impúdico es el reloj, el peor de los enemigos del amor, pase lo que pase, siempre te anuncia el fin. Allí colgado en la pared observando no más lo que ocurre, con cierto morbo que solo él sabe disimular, nunca cuenta nada, pero siempre propicia las despedidas.
En fin, a estos elementos dedico mi trabajo, porque son el motivo de mi inspiración y vida.